Del por qué estamos como estamos.


Por David Rodríguez Berrizbeitia.
@Berrizbeitia.
Política y Opinión.
graficoseconomia
Como economista, uno siempre se ve tentado a recurrir a ciertas variables económicas al momento de pretender explicar nuestra realidad actual. Es muy cierto que la merma de nuestras reservas internacionales, una alta inflación, y en general, una acelerada pérdida de nuestra libertad económica, entre otras razones, son elementos de peso que ayudan a ilustrar la degradación progresiva de nuestra calidad de vida.

Sin embargo, es necesario ir un poco más allá de la economía para ver con claridad qué es lo que está sucediendo realmente con la sociedad venezolana. Producto de conversaciones con algunas personas, he logrado descubrir que más allá de las caras que vemos entre las multitudes se ocultan historias que deberían preocuparnos a todos.

Asesinatos por encargo, relaciones incestuosas en las familias, abandono de hijos, problemas de alcoholismo y drogadicción, culto a la brujería, robos de todo tipo, entre otros, son el pan de cada día en nuestra sociedad, y que en muchos casos son tomados como hechos de nuestra cotidianidad, y a veces, hasta como parte de nuestra idiosincrasia.

Todo esto lo traigo a colación, porque en mi opinión, la familia venezolana no sólo está viviendo un grave deterioro económico sino que el mismo proceso se replica tanto en lo moral como en lo cultural. Esto es preocupante, más teniendo en cuenta que como ha dicho recientemente el Papa Francisco, la familia “es fatiga, paciencia, y también proyecto, esperanza y futuro”.

En este sentido, pues es lógico pensar que si el núcleo familiar se resquebraja o peor aún, no existe, no hay medida económica ni plan político que valga para poder superar la pobreza y apuntar a un desarrollo sostenible. Es aquí donde entramos en el terreno de la multidimensionalidad de la pobreza, que como bien lo ha planteado el destacado economista Amartya Sen, es primordial a la hora de tratar el tema.  Es prácticamente imposible medir la mejora o desmejora de la situación de las personas sin tomar en cuenta otros factores que trascienden lo meramente económico.

Ahora bien, si tomamos en cuenta que dentro de estos elementos multidimensionales para medir la pobreza se han considerado aspectos relativos a lo social, como la salud, educación e inclusive el nivel de participación política, es lógico pensar que cualquier elemento moral o conductual de la población podría tener una participación fundamental en su constitución.

El principal problema de todo este asunto, es lo relativo a la medición de aquello que algunos llaman la pobreza espiritual. Es muy difícil hablar de reducción de la pobreza amparados en indicadores tan básicos como el índice de Gini, que mide la desigualdad a partir de la distribución del ingreso, o por la lectura de estadísticas simples como el gasto mensual en alimentos o el número de estudiantes matriculados en las escuelas.

Muchas veces los gobiernos se ven tentados a recurrir a indicadores con clara tendencia economicista, por el simple hecho de que la matemática los beneficia, y mucho de esto pasa actualmente en nuestro país. El Gobierno venezolano ha hecho pública su gratificación sobre el hecho de que hay más niños en las escuelas, un mayor gasto de las familias en alimentos y hasta una mejora del Coeficiente de Gini. Sin embargo, poco o nada se nos dice de la calidad de la educación, ni de la alteración del patrón de consumo de la población por la escasez y la inflación y mucho menos que, a pesar de que ha mejorado la distribución del ingreso, el 1% más rico es cada vez más rico y el resto, incluyendo la clase media, es cada vez más pobre.

En nuestro país, las políticas sociales se han diseñado para brindar asistencia a los menos favorecidos, pero nunca se ha planteado sacarlos del umbral de la pobreza. Se supone que, en algún punto, una verdadera revolución social y humanista debería lograr que la población no fuese dependiente de la ayuda oficial, esto es, que finalmente cada ciudadano sea libre de escoger en cuál escuela estudian sus hijos, o dónde compra sus alimentos e inclusive, si asiste o no a un centro de salud privado. Para mí, esto es realmente darle poder al ciudadano, porque la concepción actual de “poder popular” ni lo empodera ni lo dignifica.

La pobreza moral o espiritual es de larga data en nuestro país, y temo decir que estamos en proceso de perpetuarla. Sería un exceso decir que la actual administración tenga la culpa de todos los males que imperan en la sociedad, pero si ha sido el gran facilitador de muchos de ellos.

No hay nada más dañino para la moral de la ciudadanía que el inculcarles la concepción de que se tiene un derecho histórico sobre las cosas, porque esto incita a las actitudes acomodaticias y simplistas que vemos actualmente a todo nivel. Se ha convertido a cada ciudadano en un cliente político captador de renta y además, se le ha identificado como pueblo y no como ciudadano, y al hacerlo, ha perdido su identidad como individuo incorporándose a una masa donde no tiene rostro propio y donde sus derechos son limitados por el “bien común”.

La clave del problema gira en torno a lo que algunos llaman “buen vivir”, porque vivir bien no es que el Estado cubra todas las necesidades y que dependiendo de su efectividad al hacerlo, el individuo sea más o menos feliz, sino que se trata de que verdaderamente se confiera poder a la ciudadanía para que salga del abismo de la pobreza, lo cual sólo será posible con educación de calidad, con instituciones sólidas que asesoren y protejan verdaderamente sus intereses y con el debido respeto a sus derechos y exigencia al cumplimiento de sus deberes como ciudadanos.

Definitivamente, el problema real de nuestro país no sólo tiene que ver con una mala economía, sino en los elementos que la subyacen y que, en parte, la han desencadenado. La única vía para la superación de la crisis que vive nuestra sociedad parte de la constitución de un núcleo familiar sólido con pleno conocimiento de sus derechos y obligaciones como ciudadanos, con la investidura moral necesaria para evitar el facilismo y el clientelismo, tan promovidos por la concepción rentista de nuestra economía petrolera.

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