Juventud Prolongada

 


Por David Flora.
Medicina.
GGM 

Así es como me gusta llamar a los pacientes mayores, ancianos, viejitos, abuelitos o como prefieran; yo los llamo así, ya que con esa pequeña frase generalmente logro obtener una risa sincera y cortar la tensión inicial de la entrevista médica.

El otro día tuve la dicha de atender a la paciente con la juventud más prolongada que he visto hasta ahora. La señora CB tiene 91 años y entró a la consulta de traumatología del Hospital Periférico de Coche con paso lento y tembloroso. Venía por dolor articular en las rodillas, cosa para nada extraño en este grupo etario; y a pesar de que en ese hospital este tipo de situaciones generalmente son referidas directamente a centros que tratan enfermedades crónicas, me gusta atender a los pacientes, para que estos se sientan atendidos o quizás hasta queridos por el trato que les doy.

Sentando a CB en una silla al lado del escritorio donde yo estaba, hago mi mayor esfuerzo por entender sus palabras lentas, entrecortadas y quebradas por las lágrimas mientras me contaba la reciente muerte de su esposo, su solitaria vida en un apartamento en Cochecito, sus dolores, aflicciones y preocupaciones. Luego de haberla dejado hablar por un rato, logro hilachar su enfermedad actual.

Luego que la termino de evaluar con el residente, hago las indicaciones a la señora y le pregunto que donde está su acompañante, a lo cual me responde que una persona de su edificio le había hecho el favor de dejarla en el hospital y que estaba sola. En ese momento no supe qué hacer y consulto con el médico especialista de ese día sobre el caso. Sus palabras ese día hicieron que mi percepción hacia él cambiara, su excelencia profesional y ejemplares capacidades quirúrgicas fueron opacadas por la cruenta expresión: “No puedes ocuparte de los problemas sociales de la gente, mándale tratamiento y que espere afuera para ver si alguien la viene a buscar.”

Ante esta situación, decidí consultar con el personal de enfermería, que me recomendó ir a trabajo social del hospital. Voy a la oficina y estaba cerrada.  Me doy cuenta que la señora tenía en una bolsa de medicamentos una tarjetica en donde con una escritura temblorosa estaba la dirección de su casa con un número telefónico. Llamo en múltiples ocasiones, y nadie atendía. Al verme en esta situación, en la cual no conseguía ayuda, voy con el personal de seguridad y me recomienda que pida un taxi a lo cual CB se niega rotundamente, diciendo que ella agarraba su camionetica hasta la casa. Le pregunto si sabe hacia dónde es y me señala 3 direcciones diferentes, en evidente estado de confusión; no sabía cómo regresarse a su casa.

Ya sintiendo la presión de la situación me dirijo como último recurso al puesto de la guardia nacional que está en la entrada del hospital, solicitándole al personal que ahí se encontraba ayuda con el caso. Uno llama a su superior, que llama al otro, que llama al otro, mientras yo pacientemente le explicaba la situación a cada uno de ellos, comentándoles que la señora tenía su dirección anotada. En mi mente pensé que con eso la situación estaría solucionada, pero no. Cuando la cadena de mando termino en un militar (ya ni se cual era su rango), la respuesta final fue: “Bueno doctol, consígale un taxi a la doñita y si no puede venga otra vez pa’ ve que hacemos”.

En ese momento, además de confusión, sentí gran decepción. Viendo que ante esta situación, no iba a conseguir ayuda para CB, me la llevo tomada del brazo y empiezo a preguntar en la calle dónde queda la parada de autobuses hacia la casa de la señora y luego de caminar 3 cuadras, recibiendo miradas confusas de la gente que por ahí pasaba y mientras oía los cuentos de CB, por fin llegamos a la parada y nos detenemos a esperar el autobús.

A los pocos minutos pasa uno y lo detengo, hablando con el conductor y preguntándole si pasaba por la calle tal, edificio tal. El conductor me indica que si y le pido encarecidamente que se asegurara de que la señora llegara a su residencia. Me despido de CB recibiendo una vez más múltiples bendiciones mientras la ayudaba a subir los escalones del autobús.

En mi camino de regreso al hospital, y no me apena admitirlo, no pude evitar que la tristeza de la situación escurriera amargamente por mis ojos, mientras que al mismo tiempo imploraba protección para ella.

Cuando llego al hospital continúo pasando la consulta, mientras daba tiempo para que llegara CB a su casa. Luego de 20 minutos llamo de nuevo a su casa y con cada repique del teléfono, esperando a que atendiera, la ansiedad iba aumentando; hasta que al fin me atiende la misma voz lenta y quebradiza.

–  Alo?
– Alo, buen día, es la Sra. CB
– Si, ¿quién es?
– La llamo del hospital de Coche, era para asegurarme que llegara bien a su casa.
– Ay, ¿es el catirito?
– Si mi señora, qué bueno que llego bien!
– Gracias mijo, gracias por todo, que Dios te bendiga.

Luego de recordarle las indicaciones que le había hecho hace rato, me despido mientras mi frecuencia cardíaca y respiratoria regresaba a la normalidad.

Esta situación me permitió recapacitar sobre varias cosas. En primer lugar reafirmé “la soledad” como mi mayor temor. No tener a nadie en el mundo, encontrarse sin ayuda, asistencia, amistades, familia es lo peor que podría ocurrir.

Luego pensé en una frase que recordaré por siempre: “No puedes solucionar los problemas sociales de la gente…”

La verdad es que no solucioné ningún problema, no pude hacer que CB tuviera una familia, o acompañantes, o asistencia social de algún organismo público, seguramente tampoco solucioné su problema médico, quizás la ayudé a aliviar su dolor en las rodillas, pero hice algo por ella. La escuche, la atendí, le di mi mano mientras lloraba la muerte de su esposo, le tendí mi brazo cuando caminábamos y la sostuve mientras subía su autobús.

No pude no hacer nada, no podía dejarla sola como me habían indicado, sentía dentro de mí que no era lo correcto y que debía hacer algo aunque sea para hacerla llegar a su casa.A pesar de los reproches que luego recibí y decidí ignorar, aprendí que no basta formarme como universitario, profesional, médico o cualquier cargo que pueda llegar a tener, no debo olvidar mi vocación, ayudar a quien me necesite.

Seguramente jamás vuelva a ver a CB, pero mientras culmino mi pasantía de traumatología y me despido de Coche, sé no olvidaré esta experiencia y la gran enseñanza que me dejó.

Ruego a Dios que la proteja y que, llegada su hora la reciba con los brazos abiertos para que nunca vuelva a estar sola.

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